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El espejo de las emociones

Esta es una técnica muy útil que a los padres nos sirve para ayudar a nuestros hijos a reconocer sus propias emociones, a conectar consigo mismos y a la vez les estamos brindando una herramienta muy importante en el autocontrol ya que les enseñamos a expresar los sentimientos a través de la palabra.

Esta técnica consiste en que los padres hagamos de “espejo” de las emociones de los niños, el niño se siente comprendido en momentos de mucha frustración, ya sea porque siente tristeza, rabia, celos, etc. y el sentirse entendido por el adulto, sobretodo por personas con las que tiene un fuerte apego, hace que el niño esté más conectado consigo mismo.

El espejo de las emociones consiste en que los padres, viendo determinadas conductas, gestos, reacciones…de nuestro hijo, hagamos una descripción de aquello que vemos, devolviéndole el reflejo de lo que observamos, incluyendo la emoción o emociones que pensamos que puede estar sintiendo y de la situación que ha llevado a ello, sin entrar a juzgar, desde la observación y la comprensión. Debemos pensar que en la mayoría de situaciones y tal y como los padres conocemos a nuestros hijos, acertaremos con la emoción/es que esté sintiendo, aunque en el caso de que el niño nos corrija en alguna nunca deberemos contradecir algo así, justamente lo contrario, nos estará demostrando que es capaz de reconocer él mismo sus emociones por lo que a partir de entonces cuando utilicemos esta técnica nos limitaremos a describir lo que observamos de manera objetiva y a preguntar al niño por sus sentimientos respecto a ello.

Algunos ejemplos de esta técnica podrían ser:

“Tienes los puños cerrados y estás llorando mucho, veo que estás muy enfadado con tu hermano porque no te deja jugar con su trenecito, ¿quieres explicarme tú lo que ha pasado?”.

“Parece que te sientes enfadado y enrabiado porque te han colado la pelota nueva, ¿quieres explicarme tú cómo te sientes y qué ha pasado?”

En muchas ocasiones en que el sentimiento principal es la ira suele ir acompañado de un gran nivel de impulsividad, ya que tal y como expliqué en el artículo Entendiendo la RABIA el cerebro pensante no tiene tiempo a actuar, así que suelo trabajar esta técnica junto con alguna otra más dirigida al autocontrol propiamente dicho, ya que de esta manera conseguimos frenar la conducta primera dirigida por el cerebro inferior y con la técnica del espejo ayudamos al niño a conectar con su cerebro pensante (cerebro superior). Con el tiempo y después de haber hecho nosotros de espejo y haberles devuelto una gran cantidad de reflejos, los niños aprenden a ser ellos mismos quienes ven las situaciones como a través del “espejo de las emociones” y ellos hacen el discurso de los que observan, explican lo qué ha pasado y cómo les hace sentir. A partir de aquí ya están preparados para pasar al siguiente paso, un poco más complejo y elaborado que el anterior pero igual de necesario, buscar la mejor solución a su problema, aunque esto lo dejamos para otro u otros artículos ya que el tema da para rato.

Publicado en Emociones

Entendiendo la RABIA

¿Qué es la rabia?

La rabia es una emoción y al igual que el resto de emociones no es ni bueno ni malo sentirla, es algo natural. La rabia se convierte en algo negativo cuando la conducta que se deriva de la emoción produce daños, ya sean físicos o psicológicos, en los demás, en uno mismo o en el ambiente que nos rodea. Por este motivo es muy importante enseñar a nuestros hijos el manejo de la rabia ayudándoles a gestionar sus emociones.

¿Cómo afecta la rabia al cerebro?

La rabia, biológicamente, está diseñada como herramienta de supervivencia, por este motivo lo más probable es que cuando nosotros o nuestros hijos sentimos o sienten rabia es porque vivimos una situación como si fuera una amenaza, aunque si lo analizamos reflexivamente nos daremos cuenta de que hoy en día las amenazas a las que nos vemos sometidos no requieren de una respuesta tan agresiva como a la que nos llevaría nuestro instinto.

Para entender todo esto vamos a explicar la teoría de LeDoux explicada por Daniel Goleman en su libro “Inteligencia Emocional” y a lo que llaman, con mucho acierto en mi opinión, el secuestro de la amígdala.

Nuestro cerebro tiene dos caminos para procesar los estímulos, uno más largo pero también más preciso, que pasa por el neocórtex (cerebro pensante) y que interviene razonando y analizando de manera más concreta la respuesta más adecuada.

En la siguiente imagen podemos ver qué pasa en nuestro cerebro cuando interviene el “cerebro pensante”.

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Por otro lado, nuestro cerebro también puede coger otro camino, un atajo que no pasa por el neocórtex o cerebro pensante y que por lo tanto permite dar una respuesta mucho más rápida pero también más imprecisa. Esto es útil en momentos en que nos enfrentamos a un peligro real como por ejemplo encontrarnos delante de una serpiente venenosa, nuestro cuerpo actuaría de manera inmediata tras recibir la señal de activación de la amígdala, el cuerpo se prepara rápidamente para dar una respuesta que podría ser de ataque o de huída.

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El problema en esta manera de funcionar del cerebro es que hoy en día la mayoría de situaciones a las que nos enfrentamos requieren de cierta racionalización para ser adaptativas, sin embargo ocurre en muchas situaciones, seguramente más de las que nos gustaría, que la amígdala se apodera de nuestro cerebro y no permite que el neocórtex haga su función y razone la gravedad del estímulo y el tipo de respuesta que es necesaria. Ejemplos de esto serían la reacción totalmente desproporcionada de muchos conductores en un atasco o cuando nuestro hijo pega a un compañero por haberle quitado la pelota en un partido de fútbol aunque después se arrepienta. Vemos que tanto una respuesta como la otra son desproporcionadas, no nos llevan a una solución real y si lo pensamos al cabo de un rato, cuando dejamos al “cerebro pensante” actuar nos damos cuenta de lo inadecuada que ha sido nuestra respuesta e incluso nos sentimos mal por nuestra actuación.

¿De qué nos sirve entender cómo funciona el cerebro ante la rabia?

En la mayoría de ocasiones en que me vienen a consulta padres demandando ayuda para controlar los ataques de rabia de sus hijos, hay una pregunta que les ronda la cabeza y que se repite constantemente: “No entiendo por qué cuando se enfada reacciona así y nos dice las cosas que nos dice, además después se siente mal, se arrepiente y se disculpa con nosotros, pero después vuelve a pasar lo mismo; parece como si tuviera dos personalidades”.

Ahora ya sabemos porque nuestros hijos reaccionan desproporcionadamente ante una situación que les produce rabia, que es lo que pasa dentro de sus cabecitas y porque no son capaces de controlar la ira ¡han sido secuestrados por la amígdala! Por otro lado, su cerebro pensante, que es el cerebro superior todavía está madurando por lo tanto funciona antes su cerebro inferior, el más primitivo e instintivo.

Toda esta información nos es útil para poder lidiar con la rabia de nuestros hijos (o nuestra misma rabia). Por ello voy a plantear algunas de las técnicas que en consulta suelo trabajar tanto con los niños como con las familias.

¿Cómo podemos ayudar a controlar la rabia en los niños?

En otras entradas iré explicando técnicas y recursos que podemos utilizar con los niños para ayudarles a controlar y gestionar la rabia.

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Las rabietas de Ton

imageLa historia que os voy a explicar pasó hace ya muchos, muchos años, es la historia de una princesita que tenía un dragón, aunque la historia se suele repetir a los largo de los días, en diferentes casas y con diferentes padres e hijos, en cada casa existen madres o padres que se convierten en princesas y niños o niñas que se convierten en dragones, aunque a veces también sucede a la inversa.

La princesita vivía en un gran castillo, con torres altas, mazmorras y jardines. Con la princesita vivía un enorme dragón de color verde, con alas y que de vez en cuando echaba fuego por la boca. La princesita quería con locura a su dragón, aunque éste tenía mucho genio, eran buenos amigos, jugaban juntos, la princesita le daba comida todos los días, lo acompañaba a las mazmorras, que era allí donde el dragón tenía su cama, y le explicaba un cuento cada noche, salían a los jardines del castillo a jugar en los columpios, recogían flores…

Ton, que ese era el nombre del dragón, como ya hemos comentado, tenía mucho genio, a veces se enfadaba con Princesita cuando no estaba de acuerdo con lo que ella decía o hacía, entonces se enfurecía y pasaba del color verde al rojo, los ojos se le hinchaban como globos, sacaba fuego por la boca y destrozaba todo lo que encontraba a su paso. Princesita se sentía muy triste cuando Ton reaccionaba de esta manera y lo mandaba a su mazmorra a pensar, pero Ton estaba tan enfadado que ni siquiera allí conseguía pensar y seguía echando fuego por su boca. Cuando por fin, al cabo de un buen rato, se le pasaba su ira se sentía mal, triste y tenía ganas de llorar, incluso prometía no volver a hacerlo más, pero cuando se enfadaba no conseguía cumplir su promesa, no conseguía actuar de otra manera.

Princesita estaba muy preocupada por esta situación y decidió trazar un plan, estuvo días y días pensando en cómo solucionar el problema. De repente, le vino un recuerdo a la cabeza, se acordó de un día en el que estaba en el colegio de princesas y su profesor le dio la nota de un examen para el que había estudiado mucho, la nota era muy mala y la cara del profesor peor. Se sintió fatal porque se había esforzado y le habían puesto mala nota, tuvo ganas de gritar al profesor, de romper el examen, de dar un golpe en el pupitre… pero justo antes de hacer todo esto, su mejor amiga, que era la princesa de otro castillo vecino, se acercó y la abrazó con todas sus fuerzas, diciéndole al oído – ya lo sé, te sientes triste y enfada, puedes llorar en mi hombro, pero no debes gritar, ni golpear, ni romper cosas.- Princesita en ese instante se echó a llorar en el hombro de su amiga, lloró durante un rato y después se sintió mucho mejor, seguía un poco triste, pero la rabia había desaparecido.

Ahora ya sabía que hacer cuando su amigo Ton se enfadara. Lo tenía todo pensado, sólo faltaba esperar el momento en que Ton se saliera de sus casillas. Sucedió al día siguiente, era por la tarde y como habitualmente hacían, salieron al jardín a jugar en los columpios, después de estar más de dos horas jugando y pasándoselo bien empezó a anochecer y Princesita le comunicó a Ton que en cinco minutos deberían volver al castillo, pues ya se estaba haciendo de noche y todavía tenían que bañarse y cenar. Ton no pareció mostrar mucha atención y siguió columpiándose, pasados los cinco minutos Princesita le dijo que había llegado el momento de volver al castillo, en ese momento notó como la piel de su amigo dragón perdía su color verde habitual y empezaba a enrojecer, los ojos se empezaban a hinchar y justo cuando movió la boca para abrirla y echar el temido fuego, Princesita se acercó, lo abrazó con dulzura y le dijo: – Ton, sé que te lo estás pasando muy bien, yo también, sé que es duro tener que volver al castillo y que te sientes triste, puedes llorar en mi hombro, pero no debes echar fuego, ni destrozarlo todo. En ese momento, Ton se vio rodeado de los brazos de su amiga y sintió como ésta le besaba la cara, Ton rompió a llorar, lloró con todas sus fuerzas a medida que iban andando hacia el castillo, antes de llegar había dejado de echar lágrimas, todavía se sentía un poco triste, pero ya no sentía rabia. Princesita se sentía muy orgullosa de que su amigo hubiera controlado su ira, tanto que decidió, además de felicitarle por su buen comportamiento, prepararle un baño especial con espuma tal y como a Ton le gustaba.

A partir de ese día, cuando Ton sentía rabia y creía que no sería capaz de controlarse pedía a Princesita que lo abrazara. Así fue pasando el tiempo, entre abrazos y besos, hasta Ton dejó de necesitar que Princesita lo abrazara para controlarse, a veces solo con pensarlo tenía suficiente, y finalmente llegó un día en que fue él quien repartió abrazos y besos a dragoncitos pequeños que necesitaron controlar su ira.

Publicado en Dificultades de aprendizaje

Controversia sobre el TDAH

imageJusto ayer me sorprendía mientras leía un artículo de actualidad en la revista Infocop (una revista emitida por el Consejo General de la Psicología de España), dónde se expone una entrevista a Robert Whitaker, periodista e investigador especializado en temas de medicina y ciencia, en la que cuestiona el TDAH como patología y por tanto el uso de medicación a base de estimulantes.

Ya había leído y escuchado sobre la polémica creada en relación al TDAH con las declaraciones hechas por el psiquiatra Leon Eisenberg, aunque, por falta de tiempo, no había profundizado demasiado en el tema, pero ayer leyendo esta entrevista me entraron ganas no sólo de profundizar, sino también de reivindicar la necesidad, tanto de profesionales como de padres, de saber cuál es la verdad sobre este tema y de qué manera debemos abordarlo.

El periodista Whitaker, no sólo pone en duda que el TDAH sea una patología, sinó que deja ver los intereses de unos cuantos psiquiatras que ya empezaron a medicar con estimulantes en la década de los 70, antes de que existiera el diagnóstico, y después necesitaron justificar aquello que ya llevaban una década haciendo. Para esta justificación del diagnóstico es necesario explicar la biología del trastorno y es increíble los “chanchullos” y trampas que se han llegado a hacer. Por un lado, para explicar la biología del TDAH (empezando la casa por el tejado) argumentan que si los estimulantes aumentan la presencia de dopamina en el cerebro esto significa que el TDAH es causado por niveles bajos de dopamina en el cerebro (esto explicado de otra manera para que se entienda, viene a ser una lógica tan chapucera como si yo digo que al tomarme un vaso de leche aumenta el calcio en mi organismo porque éste estaba falto de calcio).

Según Whitaker:”Así que establecen que: primero, es válido; segundo estamos aprendiendo acerca de la biología de este trastorno; y tercero, los fármacos funcionan.

Whitaker plantea que dos de las hipótesis que miden y dan respuesta en las investigaciones de la biología del trastorno son poco honestas y distorsionan la realidad. En primer lugar, se analizan las diferencias entre los cerebros de los niños con TDAH y niños sin TDAH, el problema es que el grupo de niños con TDAH ya ha sido medicado con estimulantes, esto quiere decir que se está analizando un cerebro que ha sido tratado con drogas y por lo tanto se ha visto afectado por este hecho. Entre estos dos cerebros se evidencian diferencias a nivel dopaminérgico, siendo esta actividad más baja en niños con diagnóstico. El periodista plantea que el cambio que se observa en estos cerebros no es a causa de una patología sino del consumo de una droga. Tal y como se expresa en la entrevista: “Esto es un ejemplo de cómo puede ser el cerebro perjudicado por los efectos de una droga y después defenderse que el cerebro está mal por los efectos de una patología“, y como a día de hoy todavía no se ha resuelto el enigma de si fue primero el huevo o la gallina esta panda de mafiosos juegan al despiste con la misma estrategia.

En segundo lugar, y de manera mucho más descarada y simple que en la anterior, se expone como cierta la hispótesis de que el cerebro de los niños con TDAH es más pequeño que el de los niños sin este trastorno, pero del mismo modo que con la anterior afirmación vuelven a hacernos trampas, resulta que la muestra del grupo de TDAH es significativamente de menor edad que el grupo de niños sin TDAH, por lo tanto es totalmente lógico que niños más pequeños tengan el cerebro proporcionalmente más pequeño. ¡Totalmente increíble!

Después de toda la información recibida hasta el momento, nos queda una pregunta que hacernos, tal y como me comentaba una familia con la que tengo relación (a nivel personal y no profesional), cuando yo les explicaba mi sorpresa e indignación con la entrevista que había leído. Ellos afirmaban: “pues mi sobrina desde que está tomando la medicación está mucho más tranquila y no tiene tantos problemas en clase“.

Vamos allá con esta cuestión, un gran dilema sobretodo para los padres que han creido solucionado su problema y han pensado que realmente están haciendo lo mejor para aquellas personas a las que más quieren en el mundo: ¿Por qué los niños con TDAH están más tranquilos y atentos en clase cuando están medicados?

Whitaker, en la entrevista, explica porqué parece que la medicación es tan efectiva y por lo tanto, para muchos padres, profesores y otros profesionales, una muestra de que el niño responde positivamente al tratamiento. El periodista afirma que el efecto de los estimulantes en los niños es que estén más tranquilos (no sólo en niños diagnosticados de TDAH) y lo manifiesta de la siguiente manera: “te vuelve menos curioso, hablas menos, y si no eres tan curioso hacia tu entorno puedes focal izar mejor sobre algo concreto. Dale a cualquier niño de la clase un estimulante, no importa el niño, que responderá de forma parecida, ¿qué pasa, que toda la clase es TDAH?”

Y yo me planteo, ¿podemos desde la educación promover nuevas pedagogías para que ese  6-10% de niños diagnosticados de TDAH (y por lo tanto, aunque después de todo lo que hemos leído no lo consideremos una patología, sí que estamos de acuerdo en que son niños movidos, en ocasiones impulsivos y con facilidad de distracción) puedan tener un aprendizaje de calidad sin necesidad de plantear la utilización de drogas estimulantes como solución al problema?

Bibliografía:

García de Vinuesa, F. (Marzo, 2016). TDAH o una sociedad que se va de rositas con Robert Whitaker. INFOCOP, 72, págs. 14-16.